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sábado, 5 de octubre de 2013

Mi Peter Pan se me perdió. Igual que aquel unicornio perdido en esa bella canción, yo extravié a mi Peter pan. Apenas me di cuenta de que existía, se escabulló por algún sitio. Será que cometí el pecado de escribir acerca de él, lo puse en evidencia, levanté el velo con el que se disfrazaba y dejó de ser un misterio. Se habrá ido a otra calle, estará lavando algunos autos más lujosos o regando jardines más grandes. Tal vez sea como ese personaje que mencionan los peregrinos de San Juan cuando hablan de haber “cargado el muerto” y que de pronto desaparece de su vista pretextando ir a por agua o alguna otra cosa y no se le vuelve a ver. Porque este hombre-niño que me regaló un caramelo y me dijo que andar ligero por la calle era lo más saludable para cuerpo y alma desapareció de mi existencia sin dejar rastro. Apenas van 20 o 25 días que no le veo, pero extraño su grito a lo lejos cuando al reconocerme me saludaba y me decía alguna cosa chistosa; la gente se le quedaba viendo medio asustada y luego volteaba a verme a mí, que con una sonrisa le devolvía el saludo y con un grito similar le contestaba: “¡Padrecito!” me decía y yo le contestaba “¡Quiúbole! ¿Cómo andas esta mañana?, ya no sé que seguía, pero siempre decía lo inesperado y me hacía reír.
Cuando por fin pude recorrer un poco el camino junto a él, comprendí muchas cosas de las que ya les he platicado. Me enseñó en cincuenta metros de recorrido de “la importancia de no sentirse importante” (Tengo que mencionar que esto último se lo leí a Catón). Me habló como a un amigo o como a un padre y le dio a mi día y a muchos días un brillo particular. Los autos pasaban junto a nosotros y tal vez los conductores se preguntarían de qué podríamos charlar dos personajes tan diferentes en apariencia… ¿Si supieran?
Lo extraño un poco, era refrescante ver a un travieso de treinta y tantos años, soñando con sus trenecitos de colección, viviendo con lo justo. ¿Dónde estará en estos días de lluvia? ¿Podrá levantarse por la mañana y sentir el suelo seco? O ¿Tendrá que sufrir la humedad a cada instante? Y si es así ¿Realmente la sufrirá? Porque el tipo tenía una actitud extraordinaria.
Extraño también mis caminatas, porque los autos que pasan raudos sobre los charcos de la orilla de la acera me quitaron el placer de caminar sin tener que cuidarme de nada. Extraño ver a la gente como a “Peter” cargando un montón de historias sobre su rostro, extraño al chico que corría con su mochila para alcanzar el colectivo, extraño mi romanticismo y mi cursilería que se han visto apartados de mi cabeza por esta necesaria costumbre de cuidar el trabajo. Extraño levantarme temprano y salir de noche para esa media hora de ensueños, donde de pronto me confundía y ya no sabía si era yo quien avanzaba o era el mundo que pasaba frente a mí.
Pero lo bueno es que lo extraño, que como en los grandes amores, “donde hay humo, cenizas quedan”, lo bueno es que lo que se extraña es lo que se anhela y por lo que se lucha. Quizá mi lucha, esa lucha de la que siempre reniego, deba ser por alcanzar el punto donde se deja de luchar. Tratar de conseguir ese pequeño instante de armonía en el ojo del ciclón y antes de que regrese la tormenta, encontrar, en ese momento breve, el sentido a toda mi existencia.

Roberto Nova Antognini.

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